La reforma del sistema monetario internacional puede enfocarse desde dos ángulos diferentes: el del análisis racional y de la óptica teórica, y el de los conflictos de intereses entre los países afectados. Los hombres de Estado que disertan sobre los méritos del oro y los que no aceptan los planes de reforma más que en el marco del Fondo Monetario Internacional no razonan como hombres de ciencia, sino como defensores del interés nacional tal como lo conciben. Los economistas tienen una enojosa tendencia a olvidar los conflictos de intereses o a no hablar de ellos. El examen de algunos planes de reforma del sistema monetario internacional nos permitirá poner de relieve la multiplicidad de los objetivos perseguidos.
El papel del oro
Desde que se trató, en Bretton Woods en 1944, de la modificación de las reglas del juego de los pagos internacionales, nadie ha ido tan lejos como Keynes en sus propuestas sobre el Bancor y su Clearing Unión mundial. Keynes pretendía construir un verdadero mecanismo de compensación y de crédito mundial del que había tenido cuidado no por razones teóricas sino por realismo de no apartar el oro. Lo que no era posible al finalizar la guerra lo es menos actualmente. El oro está y estará en el centro del sistema monetario internacional; ponerlo en duda sería entrar en la utopía. Las afirmaciones del ministro de Hacienda francés a este respecto son muy claras:
¿Por qué conservarlo? Como ha señalado el presidente de la República en su declaración del 5 de febrero, porque es un elemento único que no cambia de naturaleza, que carece de nacionalidad y que es considerado eterno universalmente como el valor fiduciario por excelencia. También porque en ausencia de una soberanía mundial en materia financiera y nadie se propone, con algún realismo, instituir es el único factor de imparcialidad y de objetividad en las relaciones financieras internacionales frente a los sistemas basados en la acumulación de monedas o en la acumulación de formas de crédito internacional. Por último, porque, incluso queriéndolo, no podría evitarse, seguramente, que la referencia al oro fuese para la opinión pública la piedra de toque del sistema y que, por tanto, una actitud de alejamiento con respecto a él crease el sentimiento de una debilitación inmediata o lejana del sistema monetario internacional.
Esta explicación es de un profundo realismo y puede considerarse como punto de partida de la presentación de algunos planes de reforma. Pero en ningún momento Giscard d’ Estaing propone la vuelta al oro:

Su manipulación, su transporte y su apariencia no se prestan a la instantaneidad y a la economía que deben presidir las transacciones financieras internacionales. Las otras formas posibles de reservas poseídas y de los diversos tipos de crédito internacional pueden ser adaptadas progresivamente a todos los tipos de necesidad. El oro debe permanecer, por el contrario, como el patrón de referencia presente e inmutable. He aquí una declaración que podría haber sido hecha por los representantes de todos los países miembros del Fondo Monetario Internacional. La mente humana no ha inventado nada mejor que este metal que, una vez salido de tierra, vuelve lo más rápidamente posible a los sótanos de los bancos centrales del mundo entero. Recordemos, sin embargo, que en ausencia de un banco mundial (banco central de los bancos centrales), el sistema bancario de los países de divisas claves ha jugado, hasta ahora, un papel nada despreciable. Por las razones aducidas en la sección precedente el papel del dólar y de la libra ha sido puesto en duda en las mentes y por las políticas.
Los planes de reforma monetaria pretenden conseguir ciertos objetivos en función de los problemas planteados por la liquidez internacional. Estos problemas se refieren a la creación y a la distribución de la liquidez. No es tan fácil determinar con precisión las necesidades en moneda internacional que derivan a la vez de un deseo de mantener reservas y de la importancia de los pagos entre países. Las divergencias entre los planes de reforma propuestos dependen de las diferencias de apreciación de las necesidades de liquidez internacional y del papel otorgado al oro.
Es poco probable. Desde el final de la guerra, Gran Bretaña sufre del mismo problema en el seno de la zona de la libra, y la diferencia entre las reservas de oro y los “saldos en libras”es aún más considerable. Estos saldos, que representan la deuda exterior a corto plazo de Gran Bretaña, son tres o cuatro veces mayores que las reservas de oro de Londres. Se puede pensar que la cohesión de la zona de la libra es mayor que la cohesión del mundo occidental alrededor de los Estados Unidos, y que los poseedores de libras respetarán durante más tiempo “las reglas del juego”. Pero no es más que una hipótesis tan frágil como la confianza que se puede depositar en una moneda y, sin embargo, el dólar no parece estar al borde de su hundimiento. Se requeriría una negativa general de conservar nuevos activos en dólares y demandas masivas de conversión en oro para que la moneda americana, y con ella el sistema monetario internacional, se colocarán en una situación peligrosa. Mientras Francia sea el único participante en este asalto, la “fortaleza” no sucumbirá. A pesar de las divergencias de opinión en cuanto al análisis de los riesgos de la presente situación, se ha llegado a un acuerdo general entre los grandes países industriales para estudiar los diversos medios de reforma del sistema monetario internacional. Los planes propuestos, a título particular o en nombre de un gobierno, son ya muy numerosos.
