La apreciación de las necesidades de liquidez internacional

Para determinados países, entre ellos Francia, la distribución constituye el problema esencial, mientras que, para otros, el acento recae sobre la insuficiencia de liquidez y se pretenden encontrar, antes que nada, nuevos mecanismos de creación. No es fácil medir las necesidades de liquidez internacional, tanto más cuanto que hay que distinguir claramente entre las reservas “adquiridas” y las reservas “condicionales” correspondientes a facilidades de crédito del Fondo Monetario Internacional o a acuerdos swap y de depósitos entre las autoridades monetarias. Un acuerdo swap es un intercambio de divisas entre los bancos centrales y este acuerdo debe deshacerse en una fecha señalada mediante una operación de sentido contrario. Sin embargo, mediante el principio de contabilización bruta, cada uso de los fondos efectuado mediante un acuerdo swap se traduce por un aumento del total de las reservas mundiales, igual al doble del volumen de fondos utilizados. Si se registra en los resultados netos de estas operaciones, el total de las reservas mundiales no quedaría modificado. Pero éste no es el camino que normalmente se sigue. Es evidente que esta contabilidad puede falsear la apreciación del nivel de reservas monetarias.

Los países que desean contrariamente al procedimiento del F.M.I. Al distinguir claramente las verdaderas reservas internacionales de las facilidades crediticias, no concluyen por esta razón que el nivel de liquidez está sobrevaluado y que la insuficiencia de los medios de pago internacionales es por ello aún mayor. La noción de reservas adecuadas es difícil de precisar. Depende tanto de la valoración de los deseos de reserva de cada país como de la evolución del comercio mundial. Es, sin embargo, curioso comprobar que los países que tienen unas reservas de oro y de divisas muy importantes (Francia, Alemania) estiman que el volumen de liquidez es suficiente. Gran Bretaña se encuentra en la situación inversa y se preocupa por el aumento, pero no la sustitución de las fuentes existentes de liquidez. Señalemos que no es posible afirmar que las reservas de los países subdesarrollados sean excesivas o incluso suficientes. Las cifras dadas anteriormente tienden a demostrarlo. La distribución de la liquidez es, pues, un problema tan importante como el de su creación. De todos modos, el aprovisionamiento de los países pobres de poder de compra internacional depende mayormente de la ayuda directa de los países ricos y de la reforma del sistema monetario internacional. En la reunión anual de los miembros del F.M. I., Giscard d’ Estaing declaró que la reforma monetaria y el desarrollo de los países pobres eran “dos cuestiones técnicamente distintas, pero políticamente y psicológicamente vinculadas”.

Además, la ayuda exterior es siempre una fuente de salida de capitales para el país dador. Ésta es una de las causas del déficit americano. El ministro francés propuso que la distribución de los elementos de reserva suplementarios que pudiesen ser creados fuese al menos en parte proporcional al volumen de la ayuda que cada uno de los Diez proporciona a los países en vías de desarrollo. Un procedimiento de este tipo favorece a los grandes países que más contribuyen a la ayuda internacional. En este terreno, Francia y los Estados Unidos están bien colocados.

“¿Puede comprobarse que cada país continúa proponiendo en materia de ayuda a las naciones más pobres, las soluciones que le cuestan menos o que le rinden más”?

Los planes de reforma del sistema monetario internacional son elaborados en conjunto por países ricos. La “disciplina monetaria”, es decir, las políticas deflacionistas de eliminación de los déficits requeridas según la opinión de ciertos reformadores, presenta poco interés para países en vías de desarrollo, que sólo pueden soportar los déficits en la medida en que están financiados por una ayuda exterior. Cualesquiera que sean los mecanismos del sistema monetario internacional, no bastará nunca para promover el desarrollo de los países pobres. Esto no impide, según las afirmaciones francesas, vincular el sistema monetario a la reforma de la ayuda de los países industrializados a los que no lo son.

Las “Unidades de Reserva Colectiva” propuestas por Francia son unos instrumentos fiduciarios que no producen interés, creados por un grupo de países industrializados (los Diez, por ejemplo) al margen del F.M. I. Serían poseídas y almacenadas conjuntamente con el oro en las reservas, según una proporción determinada y uniforme para todos los países participantes. La creación de la U. R. C. podría efectuarse de dos maneras: mediante depósitos de oro en un “agente centralizador” (el B. R. I.) o mediante depósitos de moneda nacional respaldada por una garantía en oro. Con el fin de mantener la proporción constante entre el oro y la U.R. C., los países miembros deberían cambiar, de período en período, su oro por U. R. C., e inversamente según los casos. Los países que hubiesen perdido oro deberían recuperar una parte contra la cesión de un volumen equivalente de U. R.C.; por el contrario, el país que hubiese ganado oro debería ceder una parte a cambio de U.R.C. Al poderse crear Unidades de Reserva mediante el depósito de monedas nacionales de los países miembros, las divisas claves desaparecerían o, si se prefiere, al aceptarse indirectamente todas las monedas, todas ellas se convertirían en divisas claves. Queda claro que la preeminencia del dólar y de la libra dejaría de existir y que la capacidad de tal o cual país para financiar su déficit exterior con su propia moneda no sobrepasará la de cualquier otro país. El plan francés, tan riguroso en sus exigencias de equilibrio monetario, no lo es menos en su tentativa de reducir el papel internacional de las divisas claves. El crédito internacional a corto plazo no sería ya el monopolio común de los Estados Unidos y de Gran Bretaña, sino un privilegio y una carga reservados a una decena de países industrializados. 

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