Pero la política monetaria debía reforzar los efectos de estos mecanismos de ajuste automático de los pagos exteriores y no dificultarlos. Los poseedores de existencias financiadas mediante empréstitos, de una parte, veían crecer la carga de los intereses y las dificultades de renovación de los empréstitos. De ahí resultaba una disminución del nivel general de precios en el mercado interior que frenaba las importaciones y estimulaba las exportaciones, enderezando la balanza exterior desfavorable que constituía la principal causa de dificultad”. Inversamente, el banco central debía reducir el tipo de descuento y facilitar las condiciones de acceso al crédito cuando se producía una afluencia de oro a consecuencia de un excedente en los pagos exteriores. El objetivo prioritario era, pues, el equilibrio exterior que se restablece automáticamente a costa de presiones inflacionistas y deflacionistas que tenía que soportar la economía nacional. Es cierto, sin embargo, que siempre se consideró que la flexibilidad de los mecanismos era suficiente para que los precios y los costes pudiesen adaptarse rápidamente al alza o a la baja, y que no fuese el nivel de renta y de empleo el que encajasen, solo, los golpes llegados del exterior. El siglo xix conoció, gracias al patrón oro, una notable estabilidad de los tipos de cambio y un desarrollo económico que no se vio obstaculizado por insuperables desequilibrios en los intercambios internacionales. Ésta es al menos la tesis de los defensores del patrón oro.
Los autores del informe Cunliffe concluyen:
Volvemos a encontrar los acentos del mismo optimismo en la pluma de Jacques Rueff en su Défense et illustration de l’étalon:
“…quisiera solamente que comprendiesen que es esencialmente por una variación del poder de compra interno que se provocan los fenómenos que tienden a mantener en equilibrio la balanza de pagos. Cuando no hay manera de comprar la producción nacional a los precios del momento, es forzoso que los precios bajen y es la baja de estos precios lo que provoca la exportación o dificulta la importación. Sin embargo, las variaciones del poder de compra, en el sistema del patrón oro, son esencialmente la consecuencia de las transferencias de oro; pero con toda certeza, no producirán su efecto normal más que si las transferencias de oro tienen efectivamente lugar y que si su influencia no es sistemáticamente anulada por movimientos de signo contrario en el volumen global del crédito. Lo que hay que tener en cuenta es que el sistema, cuando se le deja actuar, no puede ser más que enteramente eficaz ya que la influencia que tiende a restablecer el equilibrio no dejará de desarrollarse más que cuando el equilibrio se haya efectivamente restablecido.
“En realidad, el patrón oro es ya una reliquia del tiempo de los bárbaros. Todos, desde el gobernador del Banco de Inglaterra hasta el más pequeño de nosotros, tenemos un interés primordial en asegurar la estabilidad de los negocios, de los precios y del empleo y es poco probable, cuando tengamos que escoger, que sacrifiquemos deliberadamente estos objetivos al dogma usado que antaño fue definido a £ 3,17 s. 10/2 de la onza”. Criticando a los defensores de la vuelta al oro. Pero dejemos aquí las armas del panfletista ya que, entre la fe pura y el agnosticismo, hay lugar para un análisis de los hechos. ¿Qué puede decirse del funcionamiento del patrón oro en el siglo xix? ¿El patrón oro fue este maravilloso mecanismo generador del equilibrio general, o, por el contrario, jugó solamente un papel más modesto en la historia de la industrialización de los países capitalistas?
Si el oro hubiese jugado el papel primordial que tan a menudo se le daba a los países capitalistas en el siglo xix se hubiese paralizado. El oro se cambia tanto en interiores como internacionales, y ello en beneficio de la actividad económica. Ya que, en último extremo, ¿cuáles fueron los medios de pago en un mundo en rápido crecimiento? De haber sido necesario limitarse exclusivamente al uso del metal amarillo, la cantidad de dinero hubiese sido en poco tiempo insuficiente y difícil de manejar. En el interior de los países el crédito bancario los depósitos sustituyó al oro mediante el empleo del cheque, mientras que, a nivel mundial, la libra adquirió el rango de moneda internacional mucho antes de que se hablase de gold exchange standard en la Conferencia de Génova, en 1922.
Los defensores del patrón oro admiten implícitamente que el metal amarillo era la principal forma de dinero; al menos nunca se ha visto a ninguno de ellos realizar una investigación estadística sobre el volumen y la estructura de la cantidad de dinero en circulación en tal o tal país o sobre el volumen y la estructura de la liquidez internacional.
Supongamos que a partir de 1844 los bancos ingleses no hubiesen podido aumentar el volumen del crédito y en consecuencia de los depósitos movilizables mediante cheque; la cantidad de dinero, estrechamente ligada al encaje oro y a sus fluctuaciones, habría sido insuficiente para financiar una economía en pleno desarrollo. Si el oro hubiese sido la única y verdadera forma de dinero, los progresos de la industrialización se hubiesen visto frenados. Fue gracias al uso del cheque y al aumento del dinero bancario que se pudo vencer la dificultad. Según las estimaciones de Robert Triffin, el dinero bancario, es decir, el volumen de depósitos a la vista y a plazo no representaba, a comienzos del siglo xix, más que un tercio de la cantidad total de dinero en circulación en los principales países del mundo. El metal plata era por aquellas fechas mucho más importante que el oro en cuanto a su empleo como dinero, pero esta situación se invirtió en la segunda mitad del siglo. En 1913, el volumen de billetes y nación en el mundo y el oro el 10%. Esta evolución no refleja de ningún modo la preeminencia del oro y su papel fundamental en los mecanismos de ajuste.
