Influencia desfavorable sobre los países deudores

Paralelamente a esta acción favorable a los prestatarios y a los prestamistas podían nacer, de período en período, unas situaciones siempre favorables a los prestamistas, pero difíciles para los países deudores. Estas situaciones se caracterizan generalmente por la aparición de crisis, de pánicos y de recesiones que venían acompañadas por una disminución de los flujos de capitales internacionales, e incluso por la retirada de capital ya invertido cualquiera que hubiese sido el país responsable de la crisis causante de la desconfianza de los inversores. En el momento en que los países menos equipados tenían mayor necesidad de obtener créditos, los países acreedores retiran sus participaciones (capitales) y se negaban a prestar otros. De nuevo nos encontramos con que el equilibrio de los países industrializados se salvaba a costa de un desequilibrio más profundo y más duradero de los países deudores. Las relaciones entre el Reino Unido y los Estados Unidos durante el siglo xix nos ofrecen múltiples ejemplos de esta asimetría.

El cuadro IV expresa la evolución de las inversiones exteriores en los Estados Unidos, a partir de 1899; sin embargo, para el conjunto del siglo XIX hay que contentarse con estimaciones de distinto origen y aproximadas. Los capitales británicos representaban el 75% del capital extranjero invertido en los Estados Unidos en 1899. Esta proporción disminuyó ligeramente de 1900 a 1910 a raíz de un crecimiento más rápido de las inversiones alemanas, holandesas y francesas. A partir de 1860 el crecimiento fue particularmente rápido, absorbido en gran parte por el desarrollo de los ferrocarriles. La aportación de capitales europeos sufrió unas fluctuaciones particulares: podemos señalar la existencia, en determinados períodos, de retiradas de capitales que no pudieron dejar de comprometer el equilibrio del país que posee la deuda. 

Gran Bretaña, que fue siempre el principal acreedor, hacía pesar sobre el país deudor, en términos de desequilibrio, el precio de su propio mecanismo regulador. Nos hallamos decididamente muy lejos de la teoría del patrón oro.

Las primeras inversiones de Gran Bretaña en los Estados Unidos se realizaron en forma de compra de acciones de sociedades privadas y de deuda del Estado (del gobierno federal, de los Estados y de los municipios). El primer flujo importante de capitales, que nace alrededor de 1830, se extendió probablemente hasta el comienzo de la depresión de 1837-1839. Debido a esta circunstancia se suspendieron los pagos de los intereses de la deuda exterior en algunos Estados americanos y el flujo de capitales europeos se frenó. Por otra parte, a partir de los años 1840, el desarrollo de los ferrocarriles en Gran Bretaña absorbió una gran parte del ahorro disponible. Hubo que esperar hasta 1850 para que la expansión de los ferrocarriles en los Estados Unidos atrajese de nuevo el capital extranjero, cuyo volumen total alcanzó en 1860 los 400 millones de dólares. Una nueva retirada de capitales iba a producirse como consecuencia del Banco de Inglaterra elevó su tipo de descuento hasta el 10% y los capitalistas ingleses repatriaron una parte importante de sus capitales, colocando en una difícil postura a los deudores americanos y de otros países.

En 1873 fue Nueva York la que sufrió un grave pánico como consecuencia del cual se repatriaron a Europa 400 millones de dólares. El mismo proceso se inició en 1884 aunque en menor escala.

De todos modos, el desarrollo económico de los Estados Unidos permitía a este país protegerse mejor de las influencias procedentes del exterior, y, a partir de esta fecha, los Estados Unidos iban a convertirse a su vez en país acreedor. La primera guerra mundial aceleró esta evolución convirtiendo a los Estados Unidos en el primer país acreedor del mundo y en la economía dominante del siglo xx. Es entonces cuando el patrón oro del siglo xix desaparece momentáneamente. Se intentará reanimarlo al finalizar la primera guerra mundial, en una gran confusión mental, en la que los más palpables conflictos de intereses iban a mezclarse con los errores de análisis que hemos procurado destacar.

La influencia favorable

Las inversiones internacionales de capitales, representando movimientos a largo plazo, jugaron también un papel de primer orden en los mecanismos de ajuste de los pagos exteriores. Los países nuevos, tales como los Estados Unidos, Canadá, Australia, Argentina, etc., podían financiar el déficit continuo de su balanza de pagos corrientes gracias a los capitales que recibían de los países más industrializados del oeste de Europa a cuya cabeza se hallaba Inglaterra. En vísperas de la primera guerra mundial, el volumen total de las inversiones exteriores de los principales países europeos acreedores se elevaba a 40.500 millones de dólares, mientras que los Estados Unidos solamente habían invertido, en esta época, 3.500 millones de dólares en el resto del mundo. Por estas fechas, los Estados Unidos eran todavía deudores netos, ya que habían recibido del resto del mundo más de 7.000 millones de dólares de capitales. Los tres principales países acreedores eran el Reino Unido, cuyo capital invertido en el extranjero alcanzaba la suma de 18.000 millones de dólares, Francia con 9.000 millones de dólares y Alemania con 5.800 millones de dólares. Durante el siglo xix, el Reino Unido poseyó siempre una balanza comercial (mercancías) deficitaria y una balanza corriente excedentaria (mercancías más transacciones “invisibles”). La media anual de este excedente pasó de 35 millones de dólares en el período 1816-1855 a 870 millones de dólares entre 1906 y 1913. Durante el mismo período las inversiones exteriores británicas siguieron igual tendencia creciente: la media anual que era de 30 millones de dólares entre 1816 y 1855. superó los 850 millones de dólares entre 1906 y 1913, para alcanzar los 1.000 millones de dólares entre 1910 y 1914.26

No se ve muy claro en estas condiciones que fueron más o menos las de los grandes países acreedores -cómo habrían podido jugar los mecanismos de ajuste de precios y costes. En el caso inglés, el déficit de las transacciones de mercancías (balanza comercial) no dejó de crecer entre 1815 y 1913, superando la media anual de los 700 millones de dólares entre 1901 y 1913. Este déficit era regularmente compensado por los ingresos procedentes de las exportaciones de servicios (seguros, banca, transportes marítimos) y del producto de las inversiones exteriores.

Estos movimientos internacionales de capitales contribuyen, muy directamente, al sostenimiento del equilibrio exterior a largo plazo. De todos modos, dejaban de tener relación con las fluctuaciones económicas, y si generalmente ejercían una acción reequilibradora sobre los países prestamistas no siempre ocurría lo mismo con los países prestatarios.

Los países prestamistas utilizan, de año en año, el excedente de sus pagos corrientes para invertir en el exterior. Los déficits crónicos de los países deudores quedaban, pues, compensados, y no era necesario reducir las importaciones. Estos países nuevos no se veían, por tanto, obligados a pagar sus déficits netos en oro y a frenar el ritmo de su actividad económica interna para restablecer el equilibrio exterior. La dinámica de las inversiones internacionales pudo impedir que la noción de equilibrio se redujese a unas dimensiones estrechamente contables.

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