Los análisis clásicos del patrón oro han omitido generalmente las diferencias estructurales existentes tanto desde el punto de vista económico como financiero. Estos mecanismos de reequilibrio automático de las balanzas de pagos, ayudados por las “reglas del juego” de los bancos centrales, han sido estudiados como si todos los países afectados se hallaban al mismo nivel de desarrollo y tuviesen una organización bancaria de la misma importancia. Francois Perroux ha demostrado en su teoría de la economía dominante 16 que se podía rehacer una buena parte del análisis económico teniendo en cuenta los efectos asimétricos que las unidades dominantes podían ejercer sobre las unidades dominadas”. La explicación tradicional del patrón oro no ha tenido en cuenta las desigualdades existentes entre los países, consecuencia del distinto nivel de desarrollo, de su calidad de acreedor o de deudor, en las inversiones internacionales, de la presencia o de la ausencia de un banco central, etc. La mayoría de los autores están de acuerdo en decir que Gran Bretaña fue, hasta 1914, el banquero del mundo, y que el clearing de los créditos y deudas internacionales se efectuaba en Londres. La libra, moneda nacional de la economía dominante del siglo xix, fue generalmente aceptada por la mayoría de países: la zona de la libra, expresión que no se empleaba en la época, se extendía mucho más allá de los límites del imperio británico. El mercado monetario de Londres se beneficiaba de una estructura que orientaba sus actividades hacia las transacciones internacionales: poseía una posición de casi monopolio.
Indudablemente, los mercados de París, Berlín, Amsterdam, Zurich se mostraban muy activos, pero Londres continuaba sin tener competidor en el campo de la financiación a corto plazo del comercio internacional. Por esta razón, la estructura financiera de Londres adquirió una organización y una división del trabajo únicas en el mundo. Los bancos comerciales solamente se ocupaban de las transacciones interiores mientras que las “casa de descuento” (discount houses) y las “casa de aceptación” (acceptance houses) financiaban los intercambios internacionales. Las casas de aceptación se habían puesto de acuerdo para dividirse el mercado mundial: de este modo, Baring solamente se ocupaba de las transacciones con Rusia y Argentina, mientras que Rothschild financiaba las operaciones con España y sus colonias. Los clientes no podían elegir, pero se beneficiaban de una técnica ágil y rápida, fruto de una larga experiencia. Añadamos que el mercado del oro de Londres distribuía la mayor parte de la producción anual mundial y que los grandes mercados de materias primas se hallaban en la City. Esta estructura financiera, que se apoyaba en el primer país industrial del mundo, podría ejercer efectos asimétricos mediante la atracción de las reservas monetarias internacionales y la eficacia particular de la política del tipo de descuento.
La libra: moneda mundial
El medio de pago internacional correctamente empleado en el siglo XIX no era el oro, sino la letra de cambio librada sobre las casas de aceptación de “Lombard Street” y descontadas por las casas de descuento. Aunque existieron en esta época varios centros financieros internacionales en el continente europeo ninguno poseía una estructura financiera capaz de competir con Londres en la financiación a corto plazo del comercio mundial. Los países extranjeros, por el contrario, debían esforzarse en conservar la relación entre su moneda y la libra a un tipo constante. Los activos contra la plaza de Londres eran tan útiles y mucho más manejables que las reservas de oro; además, y contrariamente al oro, reportaban un interés. Las casas financieras de la City ejercían un poder de atracción extraordinariamente fuerte sobre las reservas monetarias internacionales. Antes de convertir sus excedentes en oro, los bancos centrales, los organismos oficiales, los bancos comerciales acumulaban activos en libras. La libra era el mejor medio de disponer de liquidez internacional.17 Este poder de atracción que Londres ejercía sobre las reservas monetarias era aún más fuerte por el hecho de que la organización bancaria de los países considerados era más débil. El sistema bancario americano que se desarrolló de manera anárquica y fragmentaria, y que carecía de banco central (el sistema de la reserva federal no se fundó hasta 1913), ofrece un ejemplo muy conocido de dependencia con respecto a Londres durante el siglo xix.18 A comienzos del siglo xx se creó una Comisión monetaria nacional americana con el fin de estudiar el funcionamiento de los sistemas bancarios europeos y proponer una reforma del sistema americano.
En esta época, los Estados Unidos habían alcanzado e incluso superado a Gran Bretaña en el terreno de la producción industrial. De todas maneras, la debilidad de su estructura bancaria y, en particular, la ausencia de un mercado de aceptación, mantenía a Nueva York dependiente de Londres. Los importadores y exportadores americanos utilizaban ampliamente los servicios de las casas de aceptación y de descuento de Londres, guardando sus reservas en libras en la City. Uno de los informes de la Comisión monetaria decía a este respeto:
“Los importadores americanos dependen, pues, de Londres en una amplia medida, y deben pagar un considerable tributo anual bajo forma de comisiones de aceptación.
Las letras de cambio se libran en libras, con lo que el pago de las importaciones americanas no implicaba una salida de dólares susceptibles de financiar la compra de productos americanos. Esta centralización, a pesar de la importancia relativa de centros financieros tales como París, Berlín y Zurich, evitaba los movimientos especulativos de capitales que serían una de las causas del fracaso del Gold Exchange en 1930. La preeminencia de Londres se debía también a la particular eficacia de la política del tipo de descuento del Banco de Inglaterra. Los autores del informe Cunliffe y algunos más han atribuido al conjunto de los países que poseían un régimen de patrón oro las virtudes del sistema bancario británico.
