Es cuando las disponibilidades son abundantes, que los beneficios parecen estar ahí para ser recogidos y que todo el mundo experimenta el vivo deseo de llegar un poco antes que su vecino. Las grandes estafas han sido cometidas casi siempre cuando el mercado está en alza” o Las estructuras financieras y bancarias, los grandes intereses capitalistas. La política de crédito por sí sola no habría bastado para arrastrar a los Estados Unidos hacia la peligrosa cumbre de octubre de 1929. Por su parte, las autoridades monetarias se mostraron incapaces de actuar para prevenir la crisis. Es cierto que en esta época aún más que en la actualidad toda intervención directa del Banco central o del gobierno parecía contraria a los principios del capitalismo liberal. Dejaremos a Galbraith la responsabilidad de este juicio lapidario: “En esta época (1927-1929) el Federal Reserve Board era un órgano de una incompetencia estrepitosa”.
Las causas de la depresión
No pretendemos analizar con detalle las múltiples causas de la depresión. Los estudios sobre este tema no faltan, pero los autores están a menudo en el más completo desacuerdo. Nos contentaremos, pues, con extraer del estudio histórico precedente los elementos menos contestables de las causas de la depresión. Recordemos primeramente que esta depresión nació en los Estados Unidos y se propagó al resto del mundo. Es la más profunda que los gran-des países capitalistas industriales hayan conocido. Es la primera vez, desde la revolución industrial, que se pone en duda la capacidad del sistema capitalista para volver a conseguir el equilibrio. Esta situación es tanto más grave cuanto que, desde 1917, ha surgido el sistema colectivista en rusa y, tras un período de dificultades, se desarrolla escapando a la crisis mundial. En el momento en que el paro y a la miseria se extienden rápidamente, la corriente socialista se vigoriza y a menudo aparece como el único remedio posible. Por ello, las clases dirigentes tienen interés en adoptar las medidas necesarias para volver a lanzar la economía, pero para ello hace falta que sepan lo que conviene hacer.
Esta insuficiencia pudo retrasar la adopción de medidas adecuadas y, lo que es más grave, pudo apoyar unas políticas económicas más susceptibles de ahondar la depresión que de frenarla. El primer factor de depresión que tendremos en cuenta es, pues, esta inadecuación del pensamiento y de la política económica a la realidad de la crisis. Sin embargo, se trata solamente de un acusa menor al lado de las demás causas que participan de todas las variables coyunturales y estructurales. Jamás la coyuntura económica, consecuencia del comportamiento de todas las unidades económicas a raíz del crac de 1929, había sido tan mala. Los factores psicológicos jugaron a favor de la depresión, del mismo modo que antes del crac habían jugado en sentido inverso. La evolución de las estructuras mundiales favoreció la extensión internacional de la crisis. Por fin, el fracaso de la cooperación internacional y las políticas proteccionistas, al frenar los intercambios, añadieron su peso a la depresión.
Los errores de la Ortodoxia Liberal
El capitalismo funciona mal porque se le impide que funcione. Queriendo poner fin a la depresión no se hace sino prolongarla, porque se introducen rigideces en los mecanismos del mercado. Los ajustes automáticos y espontáneos no se efectúan debido a las intervenciones del Estado. En 1963, un autor americano ha creído oportuno desarrollar de nuevo esta tesis “ultra” liberal en un libro dedicado a la depresión de los años treinta en los Estados Unidos (M. N. Rothbard, American’s Great Depression, Nueva York, Van Nostrand, 1963). Para estos autores, la obra continuar la depresión para que ésta hubiese sido más corta y menos Profundas del mundo capitalista entre finales del siglo xix y 1930. Pero del análisis causal de las fluctuaciones. Este análisis puede expresarse en tres palabras: “intervención del Estado”. Desgraciadamente, los liberales tienen algunas tolerancias con respecto a los medios de acción presupuestarios y monetarios, a condición de que se trate de restablecer el “equilibrio”. Este “restablecimiento” exige siempre una moneda sana y un presupuesto equilibrado, aun a costa de una elevación de los impuestos y de una reducción de los gastos públicos en plena depresión.
A partir de noviembre de 1929, el presidente Hoover decide reducir los impuestos y pide a las empresas que no reduzcan los salarios y que mantengan sus gastos de inversión. Los consejeros económicos y los dos partidos políticos se levantan contra tales decisiones y los demócratas exigen el equilibrio presupuestario con tanta fuerza como los republicanos.
En 1932, el propio Roosevelt no permanece insensible a la ortodoxia monetaria, puesto que declara en un discurso pronunciado en Brooklyn: “la moneda sana es una necesidad internacional y no una consideración interior para una sola nación”. Un año más tarde, en la Conferencia de Londres, defiende una actitud radicalmente distinta después de haber devaluado el dólar. Frente a las consecuencias de la crisis de 1929, el pensamiento económico parece impotente para inventar rápidamente nuevos remedios. Antes que analizar la evolución del sistema capitalista en profundidad, con el fin de comprender mejor sus mecanismos, la solución fácil consiste en decir que debe funcionar a condición de que nada cambie.
Además, ciertas medidas tales como el equilibrio presupuestario podían ahondar aún más la tendencia deflacionista al disminuir la demanda global. Los Estados Unidos no poseyeron el monopolio de estos errores: en 1931, el gobierno británico crea una comisión para estudiar “la situación de las finanzas nacionales”. El informe de esta Comisión llamada May Committee afirma que es indispensable equilibrar a toda costa el presupuesto público. Los fondos de ayuda a los parados deben estar también equilibrados, y se aconseja reducir las asignaciones de paro. El gobierno laborista pretende disminuirlas, y es sólo bajo la presión del Trade Union Congress cuando vuelve atrás en su decisión. Existen por aquellas fechas cerca de 3 millones de parados en Gran Bretaña. Parece que Keynes dijo del informe May: “Es el documento más idiota que haya tenido la desgracia de leer”, a La revolución keynesiana aún no había tenido lugar.
