La reciente evolución de los pagos exteriores de los Estados Unidos y de Gran Bretaña ha levantado fuertes inquietudes y ha hecho surgir una controversia teórica. El nuevo Gold Exchange standard se halla en el centro del debate y los planes de reforma del sistema monetario internacional se multiplican. Dejando aparte los planes presentados por economistas desinteresados como el Pr. Triffin, es difícil, una vez más, distinguir las proposiciones doctrinales o científicas de la defensa pura y simple del interés nacional o de ciertos intereses privados. A partir de 1958 tiene lugar una “crisis de dólar” que procede del déficit de la balanza de pagos exteriores de los Estados Unidos. Para los países industrializados de Europa occidental, la escasez de dólares no es más que un mal recuerdo. Frente al continuo aumento de sus reservas de oro y de divisas, Francia se ha colocado en cabeza del concierto de críticas que se están formulando desde hace años al actual sistema monetario internacional. No es sorprendente que un país que posee más de 5.000 millones de dólares en forma de liquidez internacional quiera liberarse de la tutela de las divisas claves poniendo en duda el buen fundamento de su empleo en los pagos internacionales. Por esta razón, la tesis francesa se apoya en la supremacía del metal amarillo: la “vieja reliquia bárbara” de la que habló Keynes, parece tener todavía por delante un brillante porvenir.
La controversia contemporánea está unida a dos problemas esenciales: el déficit americano y su incidencia sobre la liquidez internacional. Antes de presentar los planes de reforma del sistema monetario internacional se examinan las características de la “crisis del dólar”.
La crisis del dólar y el problema de la liquidez internacional
Francia alecciona actualmente a los Estados Unidos a causa del desequilibrio exterior de este país. Este vuelco de la situación muestra que el problema del dólar ha cambiado de signo. El dólar y la libra son todavía hoy dos divisas que tienen el “privilegio” de ser utilizadas a la vez como monedas nacionales e internacionales. Son “divisas clave” y sirven no sólo para pagar las transacciones exteriores, sino también para constituir reservas de liquidez internacional. Los países con divisas clave poseen una ventaja significativa: pueden pagar sus déficits exteriores con su propia moneda, aceptada de facto por un gran número de países y, en el caso del dólar, prácticamente a escala global.
Esta aceptación expresa confianza general en un instrumento monetario que no puede ser anulada por la decisión unilateral de un Estado. El rechazo coordinado por parte de todos los tenedores de dólares sería condición necesaria para que deje de operar como reserva internacional, escenario que no se verifica.
Sin embargo, el déficit exterior de los Estados Unidos introduce tensiones estructurales. El aumento de su deuda externa a corto plazo frente a un volumen limitado de reservas en oro plantea interrogantes sobre la sostenibilidad del sistema. La comparación histórica con la crisis británica de 1931 alimenta interpretaciones críticas sobre el futuro del gold exchange contemporáneo, aunque la evidencia disponible remite más a riesgos sistémicos que a una ruptura inmediata.
El desequilibrio estadounidense tiene como contrapartida el superávit de Europa occidental y Japón. Entre 1953 y 1964, las reservas de oro de los Estados Unidos disminuyen significativamente, mientras que las del resto de los países industrializados crecen con intensidad. Este desplazamiento refleja una redistribución de la liquidez internacional y anticipa tensiones en el rol del dólar como activo de reserva dominante.
